¿Qué es la leucemia?

La leucemia es un cáncer que afecta a los leucocitos, o glóbulos blancos, responsables de la defensa del organismo humano. En esta enfermedad hay una proliferación exagerada y desordenada de glóbulos blancos enfermos, que además de no cumplir sus funciones, superpoblan la parte interna de los huesos conocida como médula ósea, en la que se fabrica la sangre. Con ello, afectan a la producción de glóbulos rojos, que, en número insuficiente, no pueden transportar adecuadamente el oxígeno a todos los órganos y tejidos del cuerpo, y a las plaquetas, que, en número reducido, no son capaces de contener las hemorragias.

La leucemia puede ser aguda, con un inicio repentino y potencialmente más grave, o crónica, cuando se desarrolla más lentamente, a menudo sin síntomas. Como hay varios leucocitos distintos, algunos de los cuales tienen diferentes subtipos, hay varios tipos de leucemia. Las más comunes son la linfática y la mieloide, que afectan respectivamente a los linfocitos, responsables de la producción de anticuerpos, y a los neutrófilos/granulocitos, cuya función es destruir bacterias y hongos.

A pesar de seguir siendo una enfermedad muy grave, la leucemia tiene hoy en día buenas posibilidades de curación e, incluso cuando esta posibilidad no existe, el tratamiento puede aumentar en gran medida la supervivencia de los pacientes.

Causas y síntomas de la leucemia

Los síntomas aparecen repentinamente en la forma aguda de la leucemia. Además de que la persona está más sujeta a infecciones, debido a la falta de glóbulos blancos sanos, la baja producción de glóbulos rojos provoca anemia, comprometiendo el funcionamiento de varios sistemas orgánicos y generando signos clínicos como debilidad, palidez, cansancio excesivo, pérdida de apetito y de peso. La reducción del número de plaquetas provoca hemorragias nasales y de las encías, además de la aparición de hematomas en la piel, lo que aumenta el riesgo de hemorragias en el cerebro y el aparato digestivo. La cantidad exagerada de glóbulos blancos también puede determinar un aumento significativo del tamaño del bazo. En la leucemia crónica, al principio la persona no siente nada y sólo descubre la enfermedad en los exámenes rutinarios. Sin embargo, con la progresión del cuadro clínico, los síntomas son los mismos que en la forma aguda.

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Como en muchos otros tipos de cáncer, las causas de la leucemia siguen siendo desconocidas. Sin embargo, se sabe que la producción incontrolada de glóbulos blancos se debe a alteraciones en el ADN de las células, las llamadas mutaciones, que pueden producirse de forma espontánea y también como consecuencia de la exposición prolongada a sustancias cancerígenas, como el benceno, y a grandes dosis de radiación, debido a tratamientos prolongados o accidentes. Algunas enfermedades y condiciones genéticas también aumentan la vulnerabilidad de sus portadores a la leucemia, como es el caso de la anemia de Fanconi.

Exámenes y diagnósticos de la leucemia

Es difícil que un médico no sospeche de una leucemia ante un episodio agudo, pero el diagnóstico depende de la realización de algunas pruebas. El primero de ellos es el hemograma, una sencilla prueba que cuenta las células de la sangre y que ya señala la existencia de la enfermedad al mostrar un número muy aumentado de glóbulos blancos, con una acumulación de células jóvenes anormales (blásticas). La confirmación, sin embargo, llega con el mielograma, un examen en el que se analiza el líquido de la médula ósea, aspirado mediante una punción especial, para identificar las células que están invadiendo este lugar e impiden la fabricación de otros elementos sanguíneos. La investigación suele proceder con recursos más sofisticados para clasificar el tipo de leucemia e incluso verificar la mutación genética implicada. La leucemia linfoide, por ejemplo, tiene siete presentaciones diferentes. Esta información es vital para elegir la estrategia de tratamiento y definir el pronóstico, es decir, la estimación médica de cómo evolucionará la enfermedad. En las leucemias agudas, el tratamiento suele comenzar con la quimioterapia, que consiste en la administración de medicamentos por vía intravenosa en un entorno hospitalario, con el objetivo de eliminar las células enfermas, los blastos. Una vez suprimidas, dejan de sobrepoblar la médula ósea y, por tanto, la producción de glóbulos rojos y plaquetas vuelve a la normalidad. La terapia continúa con otras estrategias para consolidar la llamada remisión de la leucemia y evitar que los glóbulos blancos enfermos vuelvan a proliferar, y puede implicar la administración oral de medicamentos, nuevas sesiones de quimioterapia y el trasplante de médula ósea.

Por supuesto, todo esto tiene que hacerse con acciones para controlar las complicaciones infecciosas y hemorrágicas de la enfermedad y para prevenir la invasión del sistema nervioso central por las células enfermas. En las leucemias crónicas, el enfoque terapéutico varía mucho según el tipo de enfermedad, pero básicamente incluye el uso de medicación oral y el trasplante de médula ósea. En algunos casos, el tratamiento no siempre se inicia de inmediato porque no hay cambios significativos en la producción de células sanguíneas: se vigila al individuo hasta que sea necesario instituir alguna medida.

Tratamientos y prevención de la leucemia

Como las causas de la leucemia no están exactamente claras, hay poco que hacer en términos de prevención primaria. Entre los factores de riesgo conocidos, sólo es posible evitar la exposición a sustancias cancerígenas, lo que, sin embargo, debe hacerse con una mayor supervisión de los productores de dichos compuestos, para que no expongan a la comunidad ni a sus empleados a este riesgo.

Como en otros tipos de cáncer, un diagnóstico precoz puede ser a menudo decisivo para aumentar las posibilidades de curación. Por lo tanto, entre los niños, en particular, que son un objetivo importante para la leucemia, es importante mantener un control médico regular hasta la edad escolar, para que cualquier cambio pueda ser detectado lo antes posible.