La fibromialgia es un complejo trastorno de dolor crónico en el que la persona que lo padece experimenta dolor musculoesquelético y fatiga generalizados. Afecta a millones de personas en todo el mundo y no tiene cura conocida.

Es un trastorno que a menudo se malinterpreta y se diagnostica erróneamente. Esta guía de Abbita pretende ofrecer una visión general de la enfermedad, sus posibles causas y los métodos actuales de atención y tratamiento.

Es importante comprender la enfermedad para obtener un diagnóstico preciso y tratar adecuadamente los síntomas. Con los tratamientos adecuados y modificaciones en el estilo de vida, es posible llevar una vida sana y activa con fibromialgia.

¿Qué es la fibromialgia?

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La fibromialgia es una enfermedad caracterizada por un dolor crónico que migra por varias partes del cuerpo y se produce principalmente en los músculos, tendones y ligamentos, especialmente en un lado del cuerpo, aunque puede ser bilateral.

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Esta enfermedad se considera un reumatismo y se caracteriza por el dolor y la fatiga generalizados. Estas manifestaciones están directamente relacionadas con el funcionamiento del sistema nervioso central y el proceso natural de supresión del dolor. En otras palabras, existe una disfunción que impide que el mecanismo que coordina el dolor y la analgesia funcione correctamente.

En una persona sana que se sienta durante mucho tiempo en una posición incorrecta, el organismo utiliza sustancias analgésicas que están disponibles de forma natural, como las endorfinas y la serotonina, consiguiendo evitar los síntomas de malestar. En un individuo con fibromialgia, sometido a la misma condición, el organismo no puede evitar el dolor, lo que refleja un umbral más bajo para cualquier síntoma doloroso o situación incómoda.

Sin embargo, la enfermedad no es un proceso inflamatorio, como la tendinitis, ni provoca deformidades físicas, como la artritis reumatoide, pero puede asociarse a este tipo de enfermedades, lo que dificulta el diagnóstico.

Del mismo modo, no es una enfermedad grave, no pone en peligro la vida, sin embargo, compromete mucho la calidad de vida y el estado de ánimo del individuo. Su mayor problema es el impacto negativo que provoca la constancia del dolor generalizado, limitando las actividades habituales de las personas, que, sin embargo, puede aliviarse eficazmente con un tratamiento multidisciplinar.

Algunos estudios estiman que esta enfermedad afecta a alrededor del 5% de la población mundial, especialmente a las mujeres de entre 35 y 50 años.

Causas y síntomas de la fibromialgia

El dolor generalizado, la fatiga y los cambios de humor son los principales síntomas de esta enfermedad. Hay nueve puntos en cada lado del cuerpo (por tanto, 18 en total) en los que el dolor puede instalarse y extenderse: detrás de la cabeza, en el cuello (en las vértebras cervicales), sobre el hombro y la espalda, en el pecho (cerca de la segunda costilla), en las caderas, en las nalgas, donde el fémur se une a la pelvis, en el codo y en la parte posterior de la rodilla. No es de extrañar que la gente se queje en la consulta del médico de que todo le duele. Pero, además del dolor, los signos clínicos incluyen fatiga, ansiedad, entumecimiento de manos y pies, alteraciones intestinales, depresión, dolor de cabeza y ausencia de sueño reparador (los individuos se despiertan ya cansados, como si no hubieran dormido).

La causa es aún desconocida, pero existe una deficiencia neuroquímica que ayuda a explicar la fibromialgia: en sus portadores, los niveles de serotonina, un neurotransmisor asociado al bienestar, son más bajos. Además, hay algunos factores asociados a la aparición de la afección, como la exposición diaria a la tensión y el estrés y, por ser un problema casi exclusivamente femenino, los desequilibrios hormonales. Otras corrientes, aún en estudio, sugieren la implicación de algún agente infeccioso en la enfermedad, que desencadenaría todo el proceso, la presencia de lesiones en el sistema nervioso central, que afectarían por tanto al mecanismo de supresión del dolor, y la existencia de alteraciones en el metabolismo de los músculos, que los harían más débiles y cansados.

Exámenes y diagnósticos de la fibromialgia

El diagnóstico es clínico, realizado tras una investigación médica diagnóstica de otras causas para estas mismas molestias clínicas. Por lo tanto, no hay ningún examen complementario que pueda utilizarse para establecer un diagnóstico definitivo. Sin embargo, el examen clínico asociado al conjunto de síntomas y hallazgos en la exploración física son los principales parámetros para la definición de esta enfermedad.

Esta evaluación, realizada por el médico en la consulta, es fundamental para descartar que los síntomas estén asociados a otros problemas clínicos o neurológicos más graves que cursen con cansancio y debilidad muscular. La exploración física requiere la palpación de los 18 puntos dolorosos normalizados para el diagnóstico de esta enfermedad. La presencia de hipersensibilidad en 11 puntos y la queja de dolor continuo durante más de tres meses es altamente sugestiva de fibromialgia.

Las quejas de contractura muscular, el aumento de la sensibilidad al tacto físico y las oscilaciones de temperatura también son comunes en los pacientes con esta enfermedad. Aunque no hay pruebas de laboratorio que puedan confirmar la sospecha, el examen polisomnográfico puede ser muy útil para la evaluación de los pacientes que presentan un sueño no reparador. Además, se pueden realizar algunas pruebas adicionales, de sangre y de imagen, para descartar la inflamación de las articulaciones y los tendones, así como para descartar otras enfermedades clínicas.

Tratamientos y prevenciones de la fibromialgia

El tratamiento ideal se lleva a cabo mediante el uso de tres pilares, basados en medicamentos, actividad física y apoyo psicológico. En la línea de medicamentos, se pueden emplear desde analgésicos, antiinflamatorios, hasta antidepresivos. Esto último porque los neurotransmisores que regulan el dolor y el estado de ánimo (depresión) están interconectados y son similares. Pero el uso de la medicación por sí solo no es suficiente.

Uno de los grandes aliados de este tratamiento es llevar a cabo un programa permanente de acondicionamiento físico guiado. Además de los ejercicios de estiramiento y relajación, las actividades físicas aeróbicas ligeras, como el aeróbic acuático, la natación y los paseos, son muy beneficiosas para estos pacientes. Sin embargo, las convulsiones pueden volver a producirse porque la enfermedad está relacionada con desencadenantes físicos y psicológicos. Una gran carga de trabajo o la insatisfacción suelen ser suficientes para que los síntomas reaparezcan.

Lee nuestra guía principal sobre los tratamientos a esta afección.

Por ello, el apoyo psicológico suele ser un coadyuvante fundamental en el tratamiento. Al ser una enfermedad de causa desconocida, no existen medidas primarias que puedan prevenirla. Sin embargo, dada su asociación con el estrés, la tensión y el desequilibrio emocional, las mujeres en particular deberían, desde una edad temprana, buscar una actividad física regular y reservar periódicamente momentos de ocio y relajación para liberar sus tensiones diarias.

También es importante cuidar la postura, ya que las crisis pueden desencadenarse a menudo por un puesto de trabajo inadecuado, por ejemplo. Por último, el sueño marca una gran diferencia en la forma de afrontar las dificultades diarias. Para ello, conviene hacer la llamada higiene del sueño: eliminar todo lo que pueda entorpecer este valioso momento, como la luz, el ruido, el colchón inadecuado y la temperatura desagradable, no convertir la habitación en una oficina y no tomar bebidas alcohólicas o estimulantes (como el café) unas horas antes de acostarse.